lunes, 27 de julio de 2015

Vanessa...

Que sí, Vanessa.
Que sé perfectamente lo buenorro que estoy, lo mucho que lucen mis ojos de distinto color y lo profundo y penetrante de mi masculina voz.
Que no pongo en duda ni por un momento tu capacidad y tu sabiduría en todo esto.
Que detrás de tus gafas de pasta luces unos enormes ojos azules, rematados por abajo con unos deliciosos labios pintados y por arriba con un flequillo que se adivina irreverente, visto lo mucho que pasas los dedos por él.
Que sí, Vanessa.
Que he dejado –para gran diversión por mi parte, todo sea dicho- que me pasaras las manos por los pectorales. Y por la espalda. Y por los hombros.
Que me pusiste el ego (y por poco algo más) por las nubes al decirme la buena percha que tengo.
Que –de corazón te lo digo- me supo mal ponerme borde con aquello que me querías poner alrededor del cuello, y que por pudor no diré.
Que di un respingo de satisfacción cuando tu mano me apretó el culo. Y sí, me lo apretaste francamente bien.
Que, como bien dijiste al terminar la faena, “ha sido un placer”.
Que sí, Vanessa. Que sí.
Que yo solo entré en la tienda a comprar un traje para una boda.

Y por poco no me dejas salir de allí.