Que sí, Vanessa.
Que sé perfectamente lo buenorro que estoy, lo mucho que
lucen mis ojos de distinto color y lo profundo y penetrante de mi masculina
voz.
Que no pongo en duda ni por un momento tu capacidad y tu
sabiduría en todo esto.
Que detrás de tus gafas de pasta luces unos enormes ojos
azules, rematados por abajo con unos deliciosos labios pintados y por arriba
con un flequillo que se adivina irreverente, visto lo mucho que pasas los dedos
por él.
Que sí, Vanessa.
Que he dejado –para gran diversión por mi parte, todo sea
dicho- que me pasaras las manos por los pectorales. Y por la espalda. Y por los
hombros.
Que me pusiste el ego (y por poco algo más) por las nubes al
decirme la buena percha que tengo.
Que –de corazón te lo digo- me supo mal ponerme borde con
aquello que me querías poner alrededor del cuello, y que por pudor no diré.
Que di un respingo de satisfacción cuando tu mano me apretó
el culo. Y sí, me lo apretaste francamente bien.
Que, como bien dijiste al terminar la faena, “ha sido un
placer”.
Que sí, Vanessa. Que sí.
Que yo solo entré en la tienda a comprar un traje para una
boda.
Y por poco no me dejas salir de allí.