martes, 7 de mayo de 2019

El peso de los huevos.

Punto primero.
Como todos sabéis, los huevos pesan, y pesan distinto según su origen, su estado y su condición.

Punto segundo.
Desde hace unos meses tengo que bregar con diversos clientes que, por sus razones, tienen cierta predisposición (igual ya es costumbre, sin más) a no abonar en tiempo y forma las facturas que les corresponden por los servicios que les presto.

Me vais a permitir un pequeño análisis de la situación:

Es cierto que todos hemos pasado por los años de la crisis. Y lo hemos pasado mal, francamente mal. Muchos no lo superaron. Algunos, pocos, conseguimos llegar al otro lado, aunque con cicatrices, cardenales y puntos de sutura por muchos sitios. No lo negaré, fueron tiempos muy complicados. Pero, como siempre, todo llega y todo pasa, y la crisis afortunadamente quedo atrás, y a estas alturas ya no sirve de excusa.

También es cierto que a pesar de que los tiempos ya son mejores (porque no podían ir a peor) a no todo el mundo las cosas le van igual. Con ello quiero significar que sí, de acuerdo, hay quien no se lleva a casa ni un mal sueldo.

Pero lo que me realmente me exaspera son esos y esas que no tienen problema en gastarse sus dineros en lo que les da la gana (por supuesto, yo con mi dinero hago lo mismo) excepto en responder por los trabajos que tienen contratados. Trabajos que (les) quedan hechos y solucionados, de los que (nosotros) somos responsables y por los que (ellos) no pagan un puto duro porque no le sale de sus santas ganas.

Es entonces cuando después de meses de cartas certificadas, correos electrónicos y llamadas telefónicas, cuando ya por fin te cansas de oír aquello de "esta semana paso a llevarte algo, no todo", cuando no quieres ser bueno por más tiempo, que envías el último correo electrónico al interesado o a la interesada en el que dice en la penúltima línea: "la última alternativa de persistir la situación será la reclamación judicial vía proceso monitorio". (La última línea es el "Atentamente", claro).

Y el interesado o la interesada, con un peso de sus huevos mayor que el de los de avestruz cocidos, te responde cabreadísimo que a ver qué va a ser eso de amenazar y que, como siempre "pasará esta semana a pagar algo, no todo".

El peso de los huevos.

Es increíble lo que pueden llegar a pesar "los huevos".

martes, 2 de abril de 2019

Abril.


Abril.

Un año más, abril. Con su semana santa, su hora cambiada, su polen y sus novecientas aguas, que con el cambio climático ya no es lo que era.

Abril.

¿Recordáis cuando éramos pequeños y abril ya empezaba a oler a fin de curso? ¿A vida más o menos despreocupada? Aquellos años de instituto, luego de universidad, en los que al salir de la última clase daba tiempo a ir a echar una partida a las cartas o tomar algo con los amigos. Daba tiempo a pasear. A vaguear. A ver llover porque sí.

Abril.

Ese –ahora, en esto que llaman eufemísticamente madurez- bonito mes en el que tienes que hacer el mismo tiempo muchicientas mil declaraciones fiscales, legalizar libros de contabilidad, pelearte con los servidores de Internet de administraciones innombrables, mal dormir (si es que duermes) por las noches… para que al terminar llegue mayo con santa renta y vuelta a un lío que jamás termina.

Abril.

Puto abril.

domingo, 14 de enero de 2018

Sobran dedos III

Hola otra vez.

Ha pasado el tiempo, ¿verdad? Cierto, no poco. La última entrada es de 29 de septiembre de 2015. Más de dos años.

Como para todo, hay épocas. Épocas de leer. Épocas de hacer fotos  (mal, Gae, mal, eso es trabajo y no debe ser así). Épocas de escuchar música. Épocas de escribir. Y épocas de no escribir, en la que estaba y no estoy muy seguro de si sigo estando. Quiero decir, me apetece escribir, contar cosas, incluso retomar “La espada de Gaearon”, cuyos personajes llevan parados al pie de una montaña en medio de una ventisca desde hace 6 o 7 años (¿8? ¿9?). Me apetece, sí, pero nunca tengo el cuerpo (y menos, la cabeza) para escribir.

Y resulta que de repente, aquí me veo y aquí me tenéis, después de tanto tiempo.

Como para todo, siempre hay una causa. Algo que te espolea. No, no ha sido nadie cercano, ni de la familia ni de los amigos, lo que me ha sentado delante del portátil y me ha puesto a teclear (y me han insistido alguna vez). No. Ha sido la música. Una canción en particular. La música es como los olores. Una canción puede llevar años dormida, olvidada, escondida en sabe dios qué cara de qué disco en qué estantería. Y de repente un día, sin saber ni por qué ni por qué no, aparece de nuevo. Llegué a ella a lo tonto, hace un par de horas: tarde doméstica y empiezas por Psychedelic Furs, pasas por David Bowie, dejas atrás Ultravox (sí, soy muy ochentero), tropiezas con Olivia Newton-John… y llega la ELO. Y de entre sus canciones, “Confusion”. Y ahí se revuelve todo.

“Confusion” me recordó a él. Miento. No me lo recordó, porque todos los días hablo con él. Todos los días le cuento mis cuitas, le pido consejo, le echo de menos. Él, Ricardo, Richie, se fue un día de julio de 2007, llevándose un trozo enorme de mí. Tenía 39 años. Siempre dije que es una injusticia manifiesta y que dios (así, con minúscula) no existe porque nunca dejaría a alguien morir en lo mejor de su vida. De hecho, no dejaría que naciese ya enfermo. No. Dios no puede existir. Ningún dios te arranca a un amigo. Ni a un marido de su mujer. Ni a un padre de su hija. Y la canción de marras me hizo subir un no-se-qué dando tumbos desde las tripas hasta la boca, y me hizo ponerme a escribir. La cuestión es que, en realidad, la idea no es escribir sobre Richie. Mi amigo del alma, “mi hermano mayor” como me dijo su madre en su funeral, me hizo pensar en los que son realmente amigos y los que no lo son. Sobre esto ya escribí hace mucho tiempo (“Sobran dedos” y “Sobran dedos II”, en Gaearon, mi primer blog, hoy en libro digital aunque solo una de las dos entradas, la segunda), pero se ve que el runrún de querer volver al tema ya me rondaba y Richie y “Confusion” fueron el empujón.

El porqué de volver a ese tema viene de unos meses hacia aquí. Los que me conocéis personalmente sabéis que no soy persona rencorosa, que huyo de los conflictos como de la peste, que siempre trato de dar segundas (y terceras) oportunidades si creo que la situación lo exige o lo merece, y que puedo llegar a ser tonto precisamente por todo ello. Bien. Pues pongamos algunas cosas en pretérito. Imperfecto o perfecto o pluscuamperfecto, el que queráis. Me hago mayor, y si bien sigo evitando como puedo los conflictos ya no tengo la misma paciencia ni las ganas de ponerme a pelear con aspas de molino. De verdad que no. Ahora llevo de muy buen grado decepcionarme, y además me dura poco. Por ejemplo, “un suponer”: si después de años de compartir muchas cosas (y no sólo risas y cervezas) de un día para otro a alguien que (creía yo que) era amigo le da por desaparecer sin dar explicaciones (y por favor, si es culpa mía, está muy bien saber las razones), por no saludar por la calle o por (mira tú) ponerse la mar de solícito, sonriente y “qué tal cómo te va” simplemente porque estoy con otra persona, mira, de verdad,

[una vez más y, como siempre] sobran dedos.


Y ahí te quedas, “amigo”.

martes, 29 de septiembre de 2015

Alcalás y Henares.

Alcalá.
Por lo que he leído, y vaya usted a saber si es dato fiable, palabra proveniente del árabe que significa “castillo”.

Henares.
Plural de “henar” (sitio poblado de heno, según la RAE). También, y es lo que interesa, río afluente del Jarama.

Alcalá de Henares.
Pues eso. Castillo sobre un río que es afluente del Jarama, en tiempos poblado romano. Pueblo más o menos grande, más o menos plano, más o menos con universidad de renombre, más o menos bonito según qué gustos. A mí me gusta, conste. Tiene un aquel alcarreño. Yo me entiendo.

En fin. Que fuimos a Alcalá a desvirtualizar a unos amigos tuiteros que, como ya esperábamos, son más amigos que tuiteros. Unas personas majas, majísimas. Que no viven en Alcalá, pero como íbamos desde Madrid, pues en el Castillo sobre el Henares quedamos.

Ir de Madrid a Alcalá no tiene mucha ciencia. A fin de cuentas, llevan uno al lado de la otra varios siglos y hasta tienen puertas con sus nombres. Y la carretera de Zaragoza, o de Barcelona, o la N-II de toda la vida. Y hay tren. De cercanías. Muy fácil todo. Tan fácil, que por ser domingo y no tener prisa decidimos acercarnos al intercambiador de Avenida de América a pillar el bus.

Y en bus que nos fuimos.
Tiempo de viaje previsto: poco.
Lugar de llegada: estación de autobuses.
¿Perdón? ¿Estación de qué?


La cosa fue así: entramos en Complutum (o sea Alcalá o sea Castillo sobre el etcétera) por su lado suroeste. Bien. Calle por aquí, amplia avenida por allá, parada en este sitio, en aquel… Bueno, vale. Yo siempre había ido a Alcalá en coche y no reparaba en estas cosas. La parienta no había ido, así que ni fu ni fa. La amiga del menda y la parienta fue en todo lo imaginable menos en barco, y estaba de lo más despreocupado. Total, que íbamos a donde el destino trazado por el Consorcio de Transportes nos quisiera llevar.

Hasta que llegamos a una calle ancha, plana, recta y cuya vista se perdía en –por lo menos- Sigüenza en la que no había absolutamente nada. Bueno, miento. Estaba el Mercadona. Creo. El caso es que en el autobús quedábamos nosotros tres y una ciudadana que, en cuanto el autobusero nos espetó: “aquí hay que bajarse” solo supo articular un casi inaudible “¿cómo hago para volver?”. Por la posición del Sol y el hecho de que todas las casas quedaron atrás, intuí que estábamos justo al lado contrario del pueblo, justo al extremo noreste.


Resulta que desde saben Jesús-Del-Gran-Poder y su madre cuándo, en Alcalá no hay estación de autobuses.
Resulta que la información para ir en autobús a Alcalá dice que la línea va hasta la estación de autobuses.
Resulta que lo más parecido a la estación de autobuses de Alcalá es un descampado con supermercado (insisto: dato por contrastar) por el que los domingos por la mañana cruzan las bolas de espino arrastradas por el viento.

Resulta que, si se os ocurre ir a Alcalá en bus, preguntéis antes dónde os resulta mejor bajar, porque un día de invierno cerrado podéis morir en medio de ninguna parte atrapados por una ventisca.

jueves, 6 de agosto de 2015

Late-night show.

Postura cómoda, acostado con la espalda apoyada en un enorme cojín, a su vez contra la pared.
Oscuridad casi absoluta, en la que sólo se distingue el minúsculo led rojo que indica que la radio, encima del mueble, está en modo stand-by.
Silencio.
Tres, dos, uno. ¡Empieza la fiesta!
Al otro lado de la pared a espaldas, juerga loca entre madre-histérica y niña-llorona. Imposible saber con certeza si es que la niña tiene hambre, se ha meado, ha entrado el Coco o simplemente la están descuartizando suavemente a ver si se duerme.
Más allá del techo, carrera de sillas arrastradas de un lado a otro, con sorprendentes porrazos contra objetos desconocidos. A su finalización, jolgorio a base de rapidísimo polvo (o se supone, dado lo acompasado y allegro del golpeteo) sobre lo que debe ser una cama manifiestamente coja.
Procedente de ubicación desconocida (arriba-izquierda o detrás izquierda o sabe dios), ducha con trompazo de alcachofa que se cae con fondo de hilo musical de agua corriendo y gran final de chorrillo urinario con cisterna descargante.
Lexatin, la madre que parió a los muertos de los vecinos, fin de emisión.

lunes, 27 de julio de 2015

Vanessa...

Que sí, Vanessa.
Que sé perfectamente lo buenorro que estoy, lo mucho que lucen mis ojos de distinto color y lo profundo y penetrante de mi masculina voz.
Que no pongo en duda ni por un momento tu capacidad y tu sabiduría en todo esto.
Que detrás de tus gafas de pasta luces unos enormes ojos azules, rematados por abajo con unos deliciosos labios pintados y por arriba con un flequillo que se adivina irreverente, visto lo mucho que pasas los dedos por él.
Que sí, Vanessa.
Que he dejado –para gran diversión por mi parte, todo sea dicho- que me pasaras las manos por los pectorales. Y por la espalda. Y por los hombros.
Que me pusiste el ego (y por poco algo más) por las nubes al decirme la buena percha que tengo.
Que –de corazón te lo digo- me supo mal ponerme borde con aquello que me querías poner alrededor del cuello, y que por pudor no diré.
Que di un respingo de satisfacción cuando tu mano me apretó el culo. Y sí, me lo apretaste francamente bien.
Que, como bien dijiste al terminar la faena, “ha sido un placer”.
Que sí, Vanessa. Que sí.
Que yo solo entré en la tienda a comprar un traje para una boda.

Y por poco no me dejas salir de allí.

jueves, 25 de junio de 2015

Enloquecerás.

Los que nunca habéis visto el lugar no podéis saber qué se cuece en él. Los que nunca habéis visto ni oído a las que acuden a ese lugar no podéis imaginar hasta qué punto pueden llegar a ser temibles.

Siempre aparecen de repente. Siempre en el mismo sitio. Pero nunca a la misma hora, ni el mismo día. Pueden pasar jornadas enteras sin que muestren su presencia, como pueden permanecer tiempo y tiempo, allí, en medio de todos, en medio de ninguna parte, aquí y allí, vistas y desapercibidas.

No sé exactamente cómo ni por qué surgieron. ¿Acaso ya se conocían?. Tampoco sé por qué eligieron ese lugar. Quizá porque en medio de la muchedumbre es donde mejor puedes estar sin ser visto, aunque pases por delante de los ojos de todo el mundo.

Por qué sé todo esto, os preguntaréis. Porque yo estuve allí. En ese lugar, con ellas, en medio de sus… digamos actividades. Cuando hablan, por veces lo hacen todas al mismo tiempo. Enloqueces. Sueltan palabras, frases, a veces hasta gritos que no eres capaz de entender, o que si entiendes no comprendes por qué lo dicen, o para quién, o por qué. De repente, carcajadas. A continuación, exabruptos. De por medio, conversación –aparentemente- normal, aunque como sin venir a cuento.

Y yo estuve con ese grupo. Echaron (¿quién?) la mano y me arrastraron adentro. Se rieron (¿a mi costa?), hablaron (¿a mí?), me hicieron ver (sí, seguro que esto sí fue a mí) imágenes incomprensibles, hasta pornográficas. Me volví loco. Completamente loco.

Traté de huir del círculo, sin éxito. Les pregunté, una por una, qué querían, a qué se referían, qué demonios hacía en medio. Nada. Sinsentidos entre risas siniestras llegándome de todos lados. Hasta que por fin me hicieron caso. Tuve que gritar, es cierto, pero me hicieron caso, y me dejaron salir. Mucho tiempo después. ¿Horas? ¿Días? Quién lo sabe. Pero estuve fuera. Y gracias a eso, puedo contarlo, y advertiros.


Mucho, mucho cuidado con el Aquelarre. Son pocas, pero tienen poder. Y cuando menos lo esperes, entrarás en su multimención e inundarán tu TL de Twitter. Y enloquecerás.