Postura cómoda, acostado con la espalda apoyada en un enorme cojín, a su vez contra la pared.
Oscuridad casi absoluta, en la que sólo se distingue el minúsculo led rojo que indica que la radio, encima del mueble, está en modo stand-by.
Silencio.
Tres, dos, uno. ¡Empieza la fiesta!
Al otro lado de la pared a espaldas, juerga loca entre madre-histérica y niña-llorona. Imposible saber con certeza si es que la niña tiene hambre, se ha meado, ha entrado el Coco o simplemente la están descuartizando suavemente a ver si se duerme.
Más allá del techo, carrera de sillas arrastradas de un lado a otro, con sorprendentes porrazos contra objetos desconocidos. A su finalización, jolgorio a base de rapidísimo polvo (o se supone, dado lo acompasado y allegro del golpeteo) sobre lo que debe ser una cama manifiestamente coja.
Procedente de ubicación desconocida (arriba-izquierda o detrás izquierda o sabe dios), ducha con trompazo de alcachofa que se cae con fondo de hilo musical de agua corriendo y gran final de chorrillo urinario con cisterna descargante.
Lexatin, la madre que parió a los muertos de los vecinos, fin de emisión.
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