martes, 29 de septiembre de 2015

Alcalás y Henares.

Alcalá.
Por lo que he leído, y vaya usted a saber si es dato fiable, palabra proveniente del árabe que significa “castillo”.

Henares.
Plural de “henar” (sitio poblado de heno, según la RAE). También, y es lo que interesa, río afluente del Jarama.

Alcalá de Henares.
Pues eso. Castillo sobre un río que es afluente del Jarama, en tiempos poblado romano. Pueblo más o menos grande, más o menos plano, más o menos con universidad de renombre, más o menos bonito según qué gustos. A mí me gusta, conste. Tiene un aquel alcarreño. Yo me entiendo.

En fin. Que fuimos a Alcalá a desvirtualizar a unos amigos tuiteros que, como ya esperábamos, son más amigos que tuiteros. Unas personas majas, majísimas. Que no viven en Alcalá, pero como íbamos desde Madrid, pues en el Castillo sobre el Henares quedamos.

Ir de Madrid a Alcalá no tiene mucha ciencia. A fin de cuentas, llevan uno al lado de la otra varios siglos y hasta tienen puertas con sus nombres. Y la carretera de Zaragoza, o de Barcelona, o la N-II de toda la vida. Y hay tren. De cercanías. Muy fácil todo. Tan fácil, que por ser domingo y no tener prisa decidimos acercarnos al intercambiador de Avenida de América a pillar el bus.

Y en bus que nos fuimos.
Tiempo de viaje previsto: poco.
Lugar de llegada: estación de autobuses.
¿Perdón? ¿Estación de qué?


La cosa fue así: entramos en Complutum (o sea Alcalá o sea Castillo sobre el etcétera) por su lado suroeste. Bien. Calle por aquí, amplia avenida por allá, parada en este sitio, en aquel… Bueno, vale. Yo siempre había ido a Alcalá en coche y no reparaba en estas cosas. La parienta no había ido, así que ni fu ni fa. La amiga del menda y la parienta fue en todo lo imaginable menos en barco, y estaba de lo más despreocupado. Total, que íbamos a donde el destino trazado por el Consorcio de Transportes nos quisiera llevar.

Hasta que llegamos a una calle ancha, plana, recta y cuya vista se perdía en –por lo menos- Sigüenza en la que no había absolutamente nada. Bueno, miento. Estaba el Mercadona. Creo. El caso es que en el autobús quedábamos nosotros tres y una ciudadana que, en cuanto el autobusero nos espetó: “aquí hay que bajarse” solo supo articular un casi inaudible “¿cómo hago para volver?”. Por la posición del Sol y el hecho de que todas las casas quedaron atrás, intuí que estábamos justo al lado contrario del pueblo, justo al extremo noreste.


Resulta que desde saben Jesús-Del-Gran-Poder y su madre cuándo, en Alcalá no hay estación de autobuses.
Resulta que la información para ir en autobús a Alcalá dice que la línea va hasta la estación de autobuses.
Resulta que lo más parecido a la estación de autobuses de Alcalá es un descampado con supermercado (insisto: dato por contrastar) por el que los domingos por la mañana cruzan las bolas de espino arrastradas por el viento.

Resulta que, si se os ocurre ir a Alcalá en bus, preguntéis antes dónde os resulta mejor bajar, porque un día de invierno cerrado podéis morir en medio de ninguna parte atrapados por una ventisca.

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