Abril.
Un año más, abril. Con su semana santa, su hora cambiada, su
polen y sus novecientas aguas, que con el cambio climático ya no es lo que era.
Abril.
¿Recordáis cuando éramos pequeños y abril ya empezaba a oler
a fin de curso? ¿A vida más o menos despreocupada? Aquellos años de instituto,
luego de universidad, en los que al salir de la última clase daba tiempo a ir a
echar una partida a las cartas o tomar algo con los amigos. Daba tiempo a
pasear. A vaguear. A ver llover porque sí.
Abril.
Ese –ahora, en esto que llaman eufemísticamente madurez- bonito
mes en el que tienes que hacer el mismo tiempo muchicientas mil declaraciones
fiscales, legalizar libros de contabilidad, pelearte con los servidores de Internet de administraciones innombrables, mal dormir (si es que duermes) por
las noches… para que al terminar llegue mayo con santa renta y vuelta a un lío
que jamás termina.
Abril.
Puto abril.
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