Hola otra vez.
Ha pasado el tiempo, ¿verdad? Cierto, no poco. La última entrada
es de 29 de septiembre de 2015. Más de dos años.
Como para todo, hay épocas. Épocas de leer. Épocas de hacer
fotos (mal, Gae, mal, eso es trabajo y
no debe ser así). Épocas de escuchar música. Épocas de escribir. Y épocas de no
escribir, en la que estaba y no estoy muy seguro de si sigo estando. Quiero
decir, me apetece escribir, contar cosas, incluso retomar “La espada de Gaearon”,
cuyos personajes llevan parados al pie de una montaña en medio de una ventisca
desde hace 6 o 7 años (¿8? ¿9?). Me apetece, sí, pero nunca tengo el cuerpo (y
menos, la cabeza) para escribir.
Y resulta que de repente, aquí me veo y aquí me tenéis, después
de tanto tiempo.
Como para todo, siempre hay una causa. Algo que te espolea. No,
no ha sido nadie cercano, ni de la familia ni de los amigos, lo que me ha
sentado delante del portátil y me ha puesto a teclear (y me han insistido
alguna vez). No. Ha sido la música. Una canción en particular. La música es como los olores. Una canción puede llevar años
dormida, olvidada, escondida en sabe dios qué cara de qué disco en qué
estantería. Y de repente un día, sin saber ni por qué ni por qué no, aparece de
nuevo. Llegué a ella a lo tonto, hace un par de horas: tarde doméstica y empiezas
por Psychedelic Furs, pasas por David Bowie, dejas atrás Ultravox (sí, soy muy
ochentero), tropiezas con Olivia Newton-John… y llega la ELO. Y de entre sus
canciones, “Confusion”. Y ahí se revuelve todo.
“Confusion” me recordó a él. Miento. No me lo recordó,
porque todos los días hablo con él. Todos los días le cuento mis cuitas, le
pido consejo, le echo de menos. Él, Ricardo, Richie, se fue un día de julio de
2007, llevándose un trozo enorme de mí. Tenía 39 años. Siempre dije que es una
injusticia manifiesta y que dios (así, con minúscula) no existe porque nunca
dejaría a alguien morir en lo mejor de su vida. De hecho, no dejaría que naciese
ya enfermo. No. Dios no puede existir. Ningún dios te arranca a un amigo. Ni a
un marido de su mujer. Ni a un padre de su hija. Y la canción de marras me hizo
subir un no-se-qué dando tumbos desde las tripas hasta la boca, y me hizo
ponerme a escribir. La cuestión es que, en realidad, la idea no es escribir
sobre Richie. Mi amigo del alma, “mi hermano mayor” como me dijo su madre en su
funeral, me hizo pensar en los que son realmente amigos y los que no lo son. Sobre
esto ya escribí hace mucho tiempo (“Sobran dedos” y “Sobran dedos II”, en
Gaearon, mi primer blog, hoy en libro digital aunque solo una de las dos
entradas, la segunda), pero se ve que el runrún de querer volver al tema ya me
rondaba y Richie y “Confusion” fueron el empujón.
El porqué de volver a ese tema viene de unos meses hacia
aquí. Los que me conocéis personalmente sabéis que no soy persona rencorosa,
que huyo de los conflictos como de la peste, que siempre trato de dar segundas
(y terceras) oportunidades si creo que la situación lo exige o lo merece, y que
puedo llegar a ser tonto precisamente por todo ello. Bien. Pues pongamos
algunas cosas en pretérito. Imperfecto o perfecto o pluscuamperfecto, el que queráis.
Me hago mayor, y si bien sigo evitando como puedo los conflictos ya no tengo la
misma paciencia ni las ganas de ponerme a pelear con aspas de molino. De verdad
que no. Ahora llevo de muy buen grado decepcionarme, y además me dura poco. Por
ejemplo, “un suponer”: si después de años de compartir muchas cosas (y no sólo
risas y cervezas) de un día para otro a alguien que (creía yo que) era amigo le
da por desaparecer sin dar explicaciones (y por favor, si es culpa mía, está
muy bien saber las razones), por no saludar por la calle o por (mira tú) ponerse
la mar de solícito, sonriente y “qué tal cómo te va” simplemente porque estoy
con otra persona, mira, de verdad,
[una vez más y, como siempre] sobran dedos.
Y ahí te quedas, “amigo”.
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