domingo, 14 de enero de 2018

Sobran dedos III

Hola otra vez.

Ha pasado el tiempo, ¿verdad? Cierto, no poco. La última entrada es de 29 de septiembre de 2015. Más de dos años.

Como para todo, hay épocas. Épocas de leer. Épocas de hacer fotos  (mal, Gae, mal, eso es trabajo y no debe ser así). Épocas de escuchar música. Épocas de escribir. Y épocas de no escribir, en la que estaba y no estoy muy seguro de si sigo estando. Quiero decir, me apetece escribir, contar cosas, incluso retomar “La espada de Gaearon”, cuyos personajes llevan parados al pie de una montaña en medio de una ventisca desde hace 6 o 7 años (¿8? ¿9?). Me apetece, sí, pero nunca tengo el cuerpo (y menos, la cabeza) para escribir.

Y resulta que de repente, aquí me veo y aquí me tenéis, después de tanto tiempo.

Como para todo, siempre hay una causa. Algo que te espolea. No, no ha sido nadie cercano, ni de la familia ni de los amigos, lo que me ha sentado delante del portátil y me ha puesto a teclear (y me han insistido alguna vez). No. Ha sido la música. Una canción en particular. La música es como los olores. Una canción puede llevar años dormida, olvidada, escondida en sabe dios qué cara de qué disco en qué estantería. Y de repente un día, sin saber ni por qué ni por qué no, aparece de nuevo. Llegué a ella a lo tonto, hace un par de horas: tarde doméstica y empiezas por Psychedelic Furs, pasas por David Bowie, dejas atrás Ultravox (sí, soy muy ochentero), tropiezas con Olivia Newton-John… y llega la ELO. Y de entre sus canciones, “Confusion”. Y ahí se revuelve todo.

“Confusion” me recordó a él. Miento. No me lo recordó, porque todos los días hablo con él. Todos los días le cuento mis cuitas, le pido consejo, le echo de menos. Él, Ricardo, Richie, se fue un día de julio de 2007, llevándose un trozo enorme de mí. Tenía 39 años. Siempre dije que es una injusticia manifiesta y que dios (así, con minúscula) no existe porque nunca dejaría a alguien morir en lo mejor de su vida. De hecho, no dejaría que naciese ya enfermo. No. Dios no puede existir. Ningún dios te arranca a un amigo. Ni a un marido de su mujer. Ni a un padre de su hija. Y la canción de marras me hizo subir un no-se-qué dando tumbos desde las tripas hasta la boca, y me hizo ponerme a escribir. La cuestión es que, en realidad, la idea no es escribir sobre Richie. Mi amigo del alma, “mi hermano mayor” como me dijo su madre en su funeral, me hizo pensar en los que son realmente amigos y los que no lo son. Sobre esto ya escribí hace mucho tiempo (“Sobran dedos” y “Sobran dedos II”, en Gaearon, mi primer blog, hoy en libro digital aunque solo una de las dos entradas, la segunda), pero se ve que el runrún de querer volver al tema ya me rondaba y Richie y “Confusion” fueron el empujón.

El porqué de volver a ese tema viene de unos meses hacia aquí. Los que me conocéis personalmente sabéis que no soy persona rencorosa, que huyo de los conflictos como de la peste, que siempre trato de dar segundas (y terceras) oportunidades si creo que la situación lo exige o lo merece, y que puedo llegar a ser tonto precisamente por todo ello. Bien. Pues pongamos algunas cosas en pretérito. Imperfecto o perfecto o pluscuamperfecto, el que queráis. Me hago mayor, y si bien sigo evitando como puedo los conflictos ya no tengo la misma paciencia ni las ganas de ponerme a pelear con aspas de molino. De verdad que no. Ahora llevo de muy buen grado decepcionarme, y además me dura poco. Por ejemplo, “un suponer”: si después de años de compartir muchas cosas (y no sólo risas y cervezas) de un día para otro a alguien que (creía yo que) era amigo le da por desaparecer sin dar explicaciones (y por favor, si es culpa mía, está muy bien saber las razones), por no saludar por la calle o por (mira tú) ponerse la mar de solícito, sonriente y “qué tal cómo te va” simplemente porque estoy con otra persona, mira, de verdad,

[una vez más y, como siempre] sobran dedos.


Y ahí te quedas, “amigo”.

No hay comentarios:

Publicar un comentario